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jueves, junio 03, 2010

Golpe a golpe, verso a verso

Un poco de Machado, en momentos que busco flotar.


Caminante no hay camino


Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.

Nunca persequí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse...

Nunca perseguí la gloria.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...

Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso...

Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso...

Cuando el jilguero no puede cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso.

jueves, enero 21, 2010

Los años del poeta

Alguien tocó la puerta con calma eterna.

- "Son dos poemas, señor", les respondieron a Raúl. "Les urge llegar a sus sentidos".

Ya no eran tiempos aquellos, de gloria, juventud y revolución. La llamada venía tarde. Su mano derecha, lánguida, sintió menos que un espasmo. No en vano pasaron varias décadas de dolor de pecho. La izquierda, tan incomprendida como incansable, tan poco clara como revolucionaria, tomó fuerza y poder. "Que entren", respondió Raúl, "los tiempos urgen de color".

miércoles, octubre 12, 2005

La muriente

Tus hijas pasan llevándote olorosas sopitas
para alimentar tu vaga substancia:
Oh, ya eres de agua, de casi nada, de agua
o de lentos movimientos como esculturas de la consunción.
Yo entro a tu cuarto de muriente suavizando mi presencia
y mirándote de soslayo:
Si te miro de frente siento que soy tu testigo perverso.

Tu antigua y deslumbrante perspicacia aún vive
y sabes que cuando tu cuello se alarga buscando el aire
yo ruego que se alargue hacia el mito:
Tú decías que las cabezas se arrancaban de los cuerpos
y volaban
desgreñadas, hambrientas, mordiendo el vano aire.
(Y los regantes decían sí, sí, anoche cruzaron
la luz de mi lámpara)
Tengo la carne como en salmuera,
muerde si te salva. Lo dije para que sonrieras.
Tú nunca moderías carne de idiota, no dices.
Lo hubieras dicho con displicente humor
y una palabrota.
Bromeo para el tiempo de la pena. Tú sabes cómo es eso:
Tu llanto desgarrado por mi padre muerto
fue haciéndose suave y ritual, más homenaje
que llanto.

Frente a ti, ya estamos en ese esfuerzo.


José Watanabe. Historia Natural. Lima, Peisa, 1994.